La magia del aquí y el ahora

Tomé la decisión de escribir todos los días, sobre cualquier cosa; solo para crear un hábito.
Y así es como me encuentro un domingo de septiembre a las 11 de la mañana; observando (sintiendo) el sol que ya casi se viste de otoño y como entra por mi ventana.
Muchas cosas pasan por mi cabeza, la cual recurrentemente es un desastre: desde lo que pienso desayunar hasta la ropa que falta por doblar; pienso en que tengo que lavar las sábanas y en como debería retomar el hábito de la lectura recreativa: también pienso en lo que ocurre de manera global.
Vaya, ya ni sé en qué pensar. Creo que estamos ante un hito muy importante dentro de nuestra historia como seres humanos: un punto en el que, o cambiamos o cambiamos, porque ya no hay otra opción.
Desde los huracanes en el Atlántico hasta el terremoto en México y las llamaradas solares, pareciera que la existencia al fin decidió cobrarnos derecho de piso y ponerle fin a todo este disparate.
Las religiones aprovechan todo el caos para generar más adeptos desde su tradición, aprovechándose de nuestro miedo inherente a lo desconocido; acuden a tu casa y siembran pánico en redes sociales a través de publicaciones, videos y citas biblícas que su mismo dios les prohibe utilizar con ese fin.
Otros tantos (ahora sí) voltean a ver a las grandes compañías y las señalan como las causantes de nuestra desgracia y aquí es donde me pregunto ¿qué he estado haciendo yo?
Resulta muy sencillo (y todo el tiempo ha sido así) buscar a los responsables afuera cuando todas las respuestas han permanecido siempre en nuestro interior.
Y es que, la era de la información, como un arma de doble filo, nos abre un extenso abanico de posibles detonantes de lo que pareciera el inicio de un cataclismo global. 
Si buscamos en la web podemos encontrar innumerables teorías: el proyecto Haarp, los Illuminati, Monsanto y las grandes industrias petroleras, algunos un poco más radicales (por no decir, demenciales) culpan a grupos sociales o pueblos enteros pero pocos nos invitan a voltear hacia nuestro interior.
¿Qué he estado haciendo yo?
Trato de ahorrar energía, soy vegetariana, rescato perros y gatos de las calles y vivo mi vida sin joder a nadie; pero ¿es suficiente?
Para añadir una teoría más al delirante mundo del internet, observo lo siguiente:
Somos una especie que se ha aprovechado hasta el cansancio de lo que la Tierra nos ha dado bondadosamente (me incluyo). Nadie nos enseñó a admirar, cuidar y preservar lo hermoso de la vida porque a nuestros padres nadie les enseñó a hacerlo y así sucesivamente.
Somos muchos quienes crecimos con la idea de que las posesiones materiales, la fama y el poder son equivalentes a la plenitud; y persiguiendo ese paradigma hemos llegado hasta aquí.
Somos esa inconsciencia global que depreda la vida, porque nadie nos enseñó que no tiene porque ser así: que podemos convivir en armonía con la naturaleza y que para progresar no tenemos que arrasar con todo a nuestro paso.
Nadie nos dijo que la clave es volver a nuestras raíces: a convivir y vivir en sintonía con nuestra Madre Tierra, esa que nos dio la vida.
De nada sirve lamentar lo que ya hicimos: la magia comienza aquí y ahora…
 ¿Qué estoy dispuesta a hacer a partir de ahora?

La magia se encuentra siempre a nuestro alcance: solo hay que creer en ella.

Sincronías

Todos los días están llenos de pequeños indicadores que nos señalan el camino; aquello en lo que debemos trabajar.
Ayer fui a cargar gasolina y la bomba tenía marcados 60 pesos (lo cuál no es raro, ya que siempre se queda la carga anterior). Le pedí 300, volteé a ver mi teléfono por un segundo e inmediatamente después regresé la mirada al marcador que no se había movido; vi por el espejo retrovisor que al repartidor no se le veían ganas de iniciar la carga y tampoco escuché el típico ‘inicia en ceros’. Acto seguido, cuando se da cuenta de que yo estaba observando esa acción, se acerca a la ventana y con un aire de lo más casual pregunta: ‘me dijo 60 ¿verdad?’ (nada que ver 60 con 300, pensé; es una discordancia hasta fonética, además de que él mismo ya había confirmado la cantidad antes) volví a decirle que trescientos, y el hombre me dijo que habia cargado los 60 (mentira) y se dispuso a cargar los 240 que supuestamente faltaban pero eso sí, a querer cobrarme los 300.
Con mi Aries encendido y mi Capricornio ofendido por semejante injusticia, le eché una rápida crónica de los hechos para que quedara claro que no me vería la cara (¡ay! ego), para rematar con un enfático ‘cóbreme solo los 240’.  Claro que no dijo nada y me cobró los 240, porque eso fue lo único que puso.

Escribo esto porque más allá de que el tipo haya querido pasarse de listo, inmediatamente vino a mí la idea de las sincronías de la vida: como una sola situación en la que nos clavamos, se va repitiendo una y otra vez mediante simbolismos y señores que te quieren tranzar, para tratar de enseñarnos algo.

Justo el fin de semana pasado, alguien me acusó de ‘creer que todas las personas son buenas’ (y sí lo creo, en esencia) y yo me defendí diciendo que, obviamente existían personas cuyas intenciones no eran las más honorables, pero que dependía de nosotros y de nuestra energía, atraer a esas personas hacia nosotros para enseñarnos tal o cual lección.
Y eso quedó confirmado hoy: mientras más me clavo con el mundo material, más cuestiones materiales jalo a mi vida. Nosotros somos los responsables de nuestra evolución y aprendizaje: solo hay que saber observar.
No levanté una queja ni nada, ya la vida se encargará de cada uno de nosotros. Cada quien elige como le va. 
Así que, despues de todo: gracias, señor despachador.